En mayo de 2021, la revista Ellasdicen.com y la Universidad Católica Santa María La Antigua (USMA) organizaron un conversatorio titulado «Racismo Normalizado en Panamá«. Michelle Flores y cuatro mujeres afropanameñas: Walkiria Chandler, Ninna Ottey, Carolina Benítez e Ivonne Carrasquilla, se sentaron a diseccionar las formas sutiles y cotidianas de discriminación que la sociedad panameña suele pasar por alto. Hablaron de estereotipos en los medios, de chistes cotidianos y de la invisibilización histórica de la población negra.
En ese momento, parecía un ejercicio académico necesario, un llamado a la conciencia. Cinco años después, las palabras de aquel conversatorio resuenan con una vigencia estremecedora. Las «formas sutiles» de las que hablaban se han materializado en declaraciones oficiales y actos administrativos que han sacudido el inicio del año escolar 2026. El racismo ya no es solo «normalizado»; ahora es, para algunos en el poder, un asunto de «volúmenes» y «certificaciones».
El Detonante: Una «Certificación» Inexistente
El lunes 2 de marzo de 2026, con el inicio del año escolar, organizaciones afropanameñas tomaron las aceras frente a la Escuela Carlos A. Mendoza para lanzar la campaña «Mi cabello afro no se certifica» . Detrás de la consigna había cuatro denuncias documentadas, dos de ellas en la provincia de Colón, donde directivos escolares habrían condicionado la matrícula o el acceso a clases a un cambio de peinado . La exigencia, ilegal y arbitraria, era presentar una supuesta «certificación afro» para poder llevar el cabello natural, trenzas o peinados protectores .
La propia Coordinadora Nacional de Organizaciones Negras Panameñas fue categórica: en Panamá no existe ningún trámite ni certificado que valide la afrodescendencia. La identidad afro no se mide por niveles de melanina, se construye desde la herencia, la cultura y el autorreconocimiento. El decreto 887-AL del 23 de marzo de 2023 ya prohíbe explícitamente la discriminación étnica en los centros educativos y protege estos peinados .
La Ministra y el «Nivel de Afro no Saludable»
La respuesta de las autoridades era esperada. La ministra de Educación, Lucy Molinar, aclaró que el Ministerio no había emitido ninguna directriz al respecto . Hasta ahí, todo dentro del libreto. Sin embargo, sus declaraciones posteriores fueron las que encendieron la polémica y probaron, con una crudeza inusitada, la tesis del conversatorio de 2021 sobre el racismo estructural.

Molinar, una mujer negra afropanameña nacida en Colón, justificó las acciones de las escuelas argumentando que ciertos estudiantes «han abusado un poco del decreto que facilita la expresión cultural» y que «las libertades también tienen reglas». Acto seguido, pronunció la frase que se volvería el epicentro de la indignación: «Hay unos niveles de afro que en una escuela no son hasta saludables» .
La ministra añadió que deben atenderse «unas reglas básicas de volúmenes del cabello» . En una sola intervención, logró:
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Culpabilizar a las víctimas, acusándolas de «abusar» de un derecho.
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Patologizar el cuerpo negro, al calificar ciertos niveles de cabello afro como «no saludables».
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Reducir una lucha identitaria a una cuestión de «volumen» y reglamento escolar.
El análisis de la plataforma Afroféminas es implacable: «Hablar de niveles de afro saludables o insalubres convierte el cabello en objeto clínico. En algo que debe medirse, evaluarse, controlarse. No se trata de higiene. Se trata de jerarquía estética» . Es la patologización del cuerpo negro como estrategia de control, un eco de los mecanismos coloniales que Frantz Fanon describió como la disciplina de la apariencia para empujar hacia la asimilación .
El Silencio Presidencial y la «Lógica del Poder»
La situación se agravó con la posición del presidente de la República, José Raúl Mulino. Cuando fue consultado sobre la polémica y las declaraciones de su ministra, Mulino respondió que «no se iba a meter en el tema». Este silencio, lejos de ser neutral, se interpretó como un espaldarazo a las políticas discriminatorias y un mensaje desalentador para las comunidades afrodescendientes.
La periodista e historiadora Walkiria Chandler, quien participó en aquel conversatorio de 2021, señalaba entonces la «invisibilización histórica y constitucional» de la población negra. La respuesta de Mulino no es más que la continuación de esa invisibilización por otros medios. No se trata de un «no meterse», sino de permitir que las instituciones educativas y sus directivos sigan operando con criterios racistas sin que el Estado los detenga.
El racismo ya no necesita ser explícitamente violento para perpetuarse. Como advirtió la activista Ninna Ottey en 2021, se esconde en comportamientos cotidianos que pasan inadvertidos. Hoy, esos comportamientos tienen nombre y apellido: se llaman «certificación afro» y «niveles no saludables», y son validados desde el poder, ya sea por acción (las declaraciones de Molinar) o por omisión (el silencio de Mulino).
La Contradicción Más Dolorosa
Uno de los aspectos más tristes y complejos de este caso es que la ministra Molinar es una mujer negra. Como bien señaló la Coordinadora Nacional de Organizaciones Negras, ella misma ha sido víctima de ataques racistas .
«Ese giro no es torpeza ni ignorancia. Es el mecanismo más doloroso del racismo estructural, el que opera desde dentro, cuando quienes han padecido la violencia terminan administrando su continuidad» .
Esta observación de Afroféminas valida las advertencias del conversatorio de 2021 sobre cómo opera el racismo: no como una serie de actos individuales de «gente mala», sino como una lógica que impregna las instituciones y que incluso quienes han sufrido sus embates pueden terminar reproduciendo al asumir posiciones de poder. No se trata de juzgar a Molinar como persona, sino de señalar cómo el poder instala su lógica en quienes lo ejercen .
Conclusión: La Relevancia de un Diálogo Inconcluso
Lo que ocurre en marzo de 2026 es la confirmación de lo que se discutía en 2021. El racismo en Panamá no es un asunto del pasado ni un conjunto de anécdotas aisladas. Es una realidad estructural que dicta qué cuerpos son aceptables, qué peinados son «saludables» y qué identidades necesitan ser «certificadas» para existir en el espacio público.
La campaña «Mi cabello afro no se certifica» no es solo una respuesta a cuatro denuncias escolares. Es un grito colectivo que retoma las banderas de aquel conversatorio organizado por una revista online y las lleva a las calles y las escuelas. Es la prueba de que visibilizar el problema es el primer paso para combatirlo. Como concluyó Carolina Benítez en 2021, hay que «cansar a la gente con el discurso antirracista hasta que se normalice» .
Hoy, ante las declaraciones de una ministra y el silencio de un presidente, ese discurso es más necesario que nunca. La pregunta que queda en el aire es: ¿cuánto tiempo más tendrá que pasar para que las advertencias dejen de ser conversatorios y se conviertan en políticas de Estado efectivas?















